Una relación espiritual con la tierra

Para los indígenas, la tierra es la fuente de vida, un regalo del creador que nutre, sustenta y enseña. Aunque los indígenas varían mucho en sus costumbres, cultura e impacto sobre la tierra, todos consideran a la Tierra como su madre y la veneran como tal. 'La madre Tierra' es el centro del universo, el corazón de su cultura, el origen de su identidad como pueblo. Ella los conecta con su pasado (como el hogar de sus ancestros), con el presente (como proveedora de sus necesidades materiales) y con el futuro (como el legado que guardan para sus hijos y nietos). Así es como lo indígena conlleva un sentido de pertenencia a un lugar.

El núcleo de este profundo lazo es una percepción, una conciencia de que todo lo que tiene vida (montañas, ríos, cielos, animales, plantas, insectos, rocas y gente) está inseparablemente interconectado. Los mundos material y espiritual están entretejidos en una compleja red, todas las cosas vivientes están imbuidas de un significado sagrado. Este sentido viviente de conexión que sumerge a la gente indígena en la tierra ha desaparecido entre los habitantes de la ciudad, y es la causa de tanta alienación moderna y desesperación.

La idea de que la tierra puede poseerse, de que puede pertenecer a alguien, aun cuando no la utilice, ni la cuide, ni la habite, es una idea ajena a los indígenas. En el llamado mundo desarrollado, la tierra está en manos de la propiedad privada, de los inversionistas corporativos o del Estado, y puede ser vendida a voluntad de su dueño. Para los pueblos indígenas, la tierra se posee colectivamente para la comunidad (aunque en algunas ocasiones la competencia entre las comunidades y los forasteros por los derechos de uso les haya acarreado conflictos). De acuerdo con la ley indígena, la humanidad no puede ser más que consignataria de la tierra, con la responsabilidad colectiva de preservarla.

El punto de vista predominante del mundo occidental es que la naturaleza debe ser estudiada, diseccionada y dominada, y el progreso debe medirse por la capacidad para extraer secretos y riqueza de la Tierra. Los indígenas no consideran la tierra como un mero recurso económico. Sus tierras ancestrales son literalmente fuente de vida, y sus diferentes estilos de vida están desarrollados y definidos en relación con el ambiente que los rodea. Los indígenas son gente de la tierra. Esta diferencia ha sido causa frecuente de malos entendidos. Muchas personas han supuesto que los indígenas carecen del sentido del territorio porque no demarcan físicamente su tierra. Sin embargo, los indígenas conocen la extensión de sus tierras y saben cómo hay que compartir la tierra, el agua y demás recursos. Comprenden muy bien que dañar la tierra es destruirnos a nosotros mismos, ya que somos parte del mismo organismo.

Estudio de caso: los penan y kedayan de Brunei

Los penan del Brunei rural tienen gran respeto por el bosque, lo cual se manifiesta en sus percepciones del ambiente del bosque, especialmente en su concepto prevaleciente del 'molong' sobre la conservación de los recursos naturales. 'Molong' proporciona a los penan un sentido de cuidado y buen manejo de sus recursos forestales. Esto implica el uso responsable y moderado de los bosques para que puedan seguir siendo fuente de sustento para las generaciones futuras. La codicia no tiene lugar entre los penan. En la práctica, esto significa que cuando cortan sagú o junco, sólo utilizan los tallos maduros y dejan los jóvenes para cortarlos años más tarde.

Los penan tienen gran respeto por los árboles dipterocarpáceos, a los que protegen, porque producen las semillas que comen los jabalíes. Tampoco contaminan los ríos porque saben que los jabalíes comen las plantas que crecen en las riberas de los ríos. Permiten que los jabalíes tomen su parte del sagú y protegen los árboles que producen las bellotas que esos animales aman tanto. Los penan temen mucho a los leñadores que talan los árboles indiscriminadamente en su selva, pues temen que el daño disminuya su provisión de alimentos. Parece que el bosque lo es todo para los penan. Ellos sienten afinidad con él y le están agradecidos por su provisión de alimentos básicos, materiales de construcción, medicinas y materias primas para sus artesanías. El bosque es su mundo, viven en armonía con él y lo protegen tenazmente.

Hasta estas últimas décadas, los kedayan, otro grupo rural de Brunei, han sobrevivido al utilizar cuidadosamente el bosque, la tierra y la vida silvestre para su subsistencia. En sus actividades cotidianas de agricultura y caza, utilizan y extraen recursos forestales para producir alimentos y fabricar materiales para su consumo, así como para elaborar herramientas para sus actividades de supervivencia. Han practicado este modo de vida durante muchas generaciones y utilizan un sistema de cultivo tan complejo y adaptable como el del arroz en las colinas y en los pantanos. Para cultivar su alimento básico, el arroz, utilizan diferentes técnicas de agricultura, tanto variables como permanentes, dependiendo de los diferentes tipos de arroz que estén cosechando, como el tugal, paya, hambur y tanam.

En el siglo XX, los kedayan eran, por tradición, agricultores con distintas técnicas; talaban, quemaban y después plantaban arroz de montaña en una cadena de laderas y en años alternos. Un ejemplo de las áreas sujetas a este método de cultivo de arroz se encuentra en las regiones más rurales de Temburong, como Kampong Piasaw-Piasaw. Actualmente, una gran parte de Temburong todavía se halla cubierta de bosque, lo cual prueba que los kedayan no han sobreexplotado ni hecho mal uso de su medio ambiente forestal. Sus métodos armoniosos y sistemáticos de utilización del medio ambiente (sobre todo la tierra y el campo) les ha permitido practicar actividades económicas similares durante muchas

Fuentes: Adaptado de Burger, J. The Gaia Atlas of First Peoples: A Future for the Indigenous World, Penguin Books, Ringwood, 1990, p. 20; Ulluwishewa, R., Kaloko, A., and Morican, D. Indigenous Knowledge and Environmental Education, Ponencia presentada en el Environmental Education Workshop, University of Brunei, Darussalam, 1997, pp. 3-4.