Un libro que quema el alma

La Noche de Elie Wiesel es un libro que quema el alma.

Elie Wiesel, que luego fuera Premio Nobel de la Paz, tenía 14 años cuando entre el miedo y la incertidumbre fue llevado con sus padres y su hermana pequeña desde el gheto judio de su pueblo (Sieghet, Rumania) hasta Auschwitz. Allí vió por última vez, en la separación por sexos según bajaban del tren, a su madre y su pequeña hermana: su madre acariciando, para tranquilizarla y consolarla, los rubios cabellos de la niña, compone la última imagen que de ellas tuvo. Lo horrores de este campo, y posteriormente de Buchenwald, son inenarrables, pero este libro los revive con una sencillez que duele más que cualquier elaboración intelectual o literaria .

Este libro quema el alma. Los trabajos, la crueldad infinita, el dolor, la enfermad, el trabajo hasta la extenuación, el hambre, la sed y la degradación humana se suceden. Siempre de la mano de su padre que le sostiene y anima hasta que, pocas semanas antes de la liberación debe dejarle morir poco a poco preguntándose en torturantes noches si darle de su pan para que alargue su agonía o, por el contrario, comerse el pan que a los dos correspondía para alcanzar él mismo alguna posibilidad de sobrevivir hasta la liberación, como seguramente su padre habría querido para su único hijo vivo: había visto a un muchacho matar a su padre por un mendrugo de pan y a otro abandonar al suyo en una marcha, sin mirar atrás, para no quedar ambos rezagadois y recibir el tiro de gracia, y se había prometido que él nunca abandonaría a su padre. Una mañana, cuando despertó, el catre de su padre estaba ocupado por otro enfermo: de la chimenea salía, como todos los días, el humo y las cenizas de los que no servían para trabajar. No supo si se lo habían llevado aún con vida.

Quema el alma la primera imagen que ve al llegar al campo: la pira consumiendo a niños y bebés a caminonadas. Allí el joven estudiante de la Torá y la Cábala pierde la fe en un instante al ver cómo Dios les abandona:

Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo de concentración que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave.
Jamás olvidaré esa humareda.
Jamás olvidaré las caritas de los chicos que ví convertirse en volutas bajo un mundo azur.
Jamás olvidaré esas llamas que consumieron para siempre mi fe. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.
Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y mi alma, y mis sueños, que adquirieron el rostro del desierto. Jamás lo olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás.

Jamás deberemos olvidar lo que este libro, que quema el alma, cuenta. 

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65 años después de sucedidos los hechos, un Papa, alemán para mayor venguenza de la iglesia alemana y de los católicos alemanes, rehabilita al pseudoobispo Williamson (diga lo que diga el Derecho Canónico para un católico bien nacido y bien crecido ese señor sólo puede un pseudoobispo) que con alegre indiferencia niega a la ligera el holocausto. Como católico, me uno a Hans Küng, que 40 años después de haber sido desautorizado a enseñar teología por cuestionar la infalidad del Papa, pide ahora la dimisión de su ex-compañero por esta cruel e injusta rehabilitación. 

Ya nos advirtió de lo inadmisible de esta rehabilitación Stephane Hessel, con el peso del holocausto y de la historia en su memoria y aún en la retina de esos ojos vivos y brillantes que le caracterizan, cuando en enero vino a Bilbao. Sólo ahora me doy cuenta del peso de sus duras palabras.

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La Noche de Elie Wiesel es un libro que quema el alma. Lo he leido esta madrugada de una tirada.

¿Tendría sentido terminar sugiriendo que estas 120 páginas fueran de lectura obligada, ahora más que nunca, en los centros escolares de toda Europa?

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