Reapertura del blog a vuelta de vacaciones y lectura recomendada

Tras unos días para el cambio de casa y una maravillosa semana en Mallorca, recupero mi puesto en la red y en el blog.

Me gustaría tener un montón de libros que comentaros y haber tenido escritos de estos días para compartir ahora aquí, pero voy aprendiendo que las vacaciones con niños no son los que eran antes y que si llego a terminar un librito a la semana me tengo que dar por satisfecho. Pero no me quejo. La horas de pasear al pequeño, darle el biberón, o de jugar con la niña saltando la olas o haciendo agujeros en la orilla con un cubo seguramente valen bastante más y ese tiempo no volverá. Pero como otras muchas cosas importantes en la vida de uno, carecen de interés para los demás, así que no os contaré aquí nada más de mis poco originales vacaciones. Los libros se quedan ahí en un rincón, en la mesilla o en las baldas, tal vez un poco celosos, pero creyéndose mi promesa de que les llegará el día.

Tengo dos o tres cosas empezadas y, aunque sólo sea por su brevedad, pude terminar, eso sí, El espíritu de la Ilustración de Tzvetan Todorov. Todorov es un personaje interesante, de esos que vivieron una Europa que ya no existe (esperemos que Putin no quiera resucitarla por la vía georgiana). Nacido en Bulgaria emigró a París. Escritor, historiador, lingüista, ensayista… Puedes ver aquí, si te interesa saber un poco más, su perfil como Príncipe de Asturias o un entrevista en El País. 

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En “El Espíritu de la Ilustración” hace una lectura de las claves y principios de la ilustración desde lo contemporáneo. Analizando el contenido de ciertas características propias de ilustración y trayéndolas al presente para que nos den cierta luz para entendernos y hacernos y “para intentar hacernos vivir mejor en la actualidad”.

¿Me permitís que copie un párrafo entero de la página 25?:

“lo que necesitamos es más bien refundamentar la ilustración, preservar la herencia del pasado pero sometiéndola a revisión crítica y confrontándola lúcidamente con sus consecuencias, tanto las deseables como las no deseadas. De este modo no corremos el riesgo de traicionar la ilustración, sino todo lo contrario: al criticarla, nos mantenemos fieles a ella y ponemos en práctica sus enseñanzas”.

Todorov reflexiona sobre las sombras del cientificismo (como “desvío de la ilustración, su enemigo, no uno de sus avatares”) o de la crítica vanalizada (sin contrapartida positiva, “el escepticismo generalizado que tiene de sabiduría sólo la apariencia”, “demasiada crítica mata la crítica”); los límites de una razón que sigue siendo nuestra mejor aliada; la relación entre la libertad y la responsabilidad; lo público y lo privado; el laicismo y los dilemas de nuestras nuevas sociedades; la verdad y la educación; la humanidad, la universalidad y los derechos humanos y su contradicciones; sobre Europa creadora y creación de la ilustración…

Y en cada momento tiene una idea suave, enriquecedora, interesante, sin ánimo de apabullar, sino de acompañar. Un libro muy bien escrito (y bien traducido y editado, por cierto) que concluye afirmando que la tarea de la ilustración está siempre en construcción. “Ésa sería la vocación de nuestra especie: retomar cada día esta labor sabiendo que es interminable”.

Todorov nos descubre algún autor de la ilustración que en nuestra ignorancia nos parecía menor y casi desconocido… y si a todo eso le sumamos que, como servidor, tiene debilidad por Rousseau y Kant, entenderás que me haya resultado una lectura muy enriquecedora y placentera.

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