El hundimiento y la fría coherencia como virtud única

La semana pasada El Correo traía, previo pago de 1 euro, la película El Hundimiento en DVD.

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Es una película dura, pero muy interesante.

Algunos de los jerarcas nazis, en la hora de la derrota insisten en que ellos también tenían su corazoncito, como Rudolf Hoess el comandante de Mathausen, pero coinciden en añadir que no se podían permitir el lujo de la compasión. Esta idea merece reflexión.

A menudo las ideologías o las convicciones o las visiones de la historia o los grandes relatos político-míticos o las grandes utopías son tan atractivas que nos invitan a ser insensibles, por coherencia, por “ser consecuentes”. Lo explicó muy bien Isaiah Berlin para el caso del comunismo soviético.

La compasión no es, sin duda, una vitud en que podamos fundamentar nuestras posiciones ideológicas (si no terminas, como Bush hijo, abogando por un tonto neoconservadurismo compasivo), pero cualquier discurso de justicia o de la historia como virtud fuerte que te obligue a desapegarte de la compasión -o, si lo prefieres, la empatía- como necesaria virtud de acompamiento, te está haciendo trampa, te está utilizando, te está haciendo cruel y te está deshumanizando al deslumbrarte: y esto sirve para la Alemania nazi y para la Euskadi del presente.

La coherencia, el desprendimiento de lo sentimientos “menores”, el ser cosecuente como virtud máxima te puede poner como modelo a Goebbels, que por coherencia se carga a sus 6 hijos antes de pegarse un tiro: eso sí que es coherencia… maldita coherencia, más les habría valido a sus hijos tener un padre menos consecuente que les hubiera asegurado un futuro en Suiza o en Argentina antes de suicidarse. 

Aquí la familia Goebbels tal como resulta presentada en la peli:

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aquí en la realidad:

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y aquí el ejemplo de inhumana consecuencia con sus principios que se encontraron los soviéticos al enrar al búnker:

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2 Responses to “El hundimiento y la fría coherencia como virtud única”

  1. gsantamaria Says:

    No he visto la película, pero me ha parecido realmente interesante la reflexión, que comparto íntegramente.

    Por cierto, el relato de la virtud y la coherencia de Goebbels me ha traído a la mente el siguiente fragmento de “El Jugador” de Dostoievski:

    “Estoy aquí desde hace poco tiempo y, sin embargo, las observaciones que he tenido tiempo de hacer sublevan mi naturaleza tártara. ¡Vaya qué virtudes! Ayer recorrí unos diez kilómetros por las cercanías. Pues bien, es exactamente lo mismo que en los libros de moral, que en esos pequeños libros alemanes ilustrados; todas las casas tienen aquí su papá, su Vater, extraordinariamente virtuoso y honrado. De una honradez tal que uno no se atreve a dirigirse a ellos. Por la noche toda la familia lee obras instructivas. En torno de la casita se oye soplar el viento sobre los olmos y los castaños. El sol poniente dora el tejado donde se posa la cigüeña, espectáculo sumamente poético y conmovedor. Recuerdo que mi difunto padre nos leía por la noche, a mi madre y a mí, libros semejantes, también bajo los tilos de nuestro jardín… Puedo juzgar con conocimiento de causa. Pues bien, aquí cada familia se halla en la servidumbre, ciegamente sometida al Vater. Cuando el Vater ha reunido cierta suma, manifiesta la intención de transmitir a su hijo mayor su oficio o sus tierras. Con esa intención se le niega la dote a una hija a la que se condena al celibato. El hijo menor se ve obligado a buscar un empleo o a trabajar a destajo y sus ganancias van a engrosar el capital paterno. Sí, esto se practica aquí, estoy bien informado. Todo ello no tiene otro móvil que la honradez, una honradez llevada al último extremo, y el hijo menor se imagina que es por honradez por lo que se le explota. ¿No es esto un ideal, cuando la misma víctima se regocija de ser llevado al sacrificio? ¿Y después?, me preguntaréis. El hijo mayor no es más feliz. Tiene en alguna parte una Amalchen, la elegida de su corazón, pero no puede casarse con ella por hacerle falta una determinada suma de dinero. Ellos también esperan por no faltar a la virtud y van al sacrificio sonriendo. Las mejillas de la Amalchen se ajan, la pobre muchacha se marchita. Finalmente, al cabo de veinte años, la fortuna se ha aumentado, los florines han sido honrada y virtuosamente adquiridos. Entonces el Vater bendice la unión de su hijo mayor de cuarenta años con Amalchen, joven muchacha de treinta y cinco años, con el pecho hundido y la nariz colorada… Con esta ocasión vierte lágrimas, predica la moral y exhala acaso el último suspiro. El hijo mayor se convierte a su vez en un virtuoso Vater y vuelta a empezar. Dentro de cincuenta o sesenta años el nieto del primer Vater realizará ya un gran capital y lo transmitirá a su hijo; éste al suyo, y después de cinco o seis generaciones, aparece, al fin, el barón de Rothschild en persona, Hope y compañía, o sabe Dios quién… ¿No es ciertamente un espectáculo grandioso? He aquí el coronamiento de uno o dos siglos de trabajo, de perseverancia, de honradez, he aquí a dónde lleva la firmeza de carácter, la economía, la cigüeña sobre el tejado. ¿Qué más podéis pedir? Ya más alto que esto no hay nada, y esos ejemplos de virtud juzgan al mundo entero lanzando el anatema contra aquellos que no los siguen. Pues bien, prefiero más divertirme a la rusa o enriquecerme en la ruleta. No deseo ser Hope y compañía al cabo de cinco generaciones. Tengo necesidad de dinero para mí mismo y no deseo vivir únicamente para ganar una fortuna. Ya sé que he exagerado mucho, pero éstas son mis convicciones”

    Un saludo.

  2. Mikel Says:

    ¡Gracias por tu comentario y por la cita!

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