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Gizarteko birgaitzea  >  El Salvador: Gatazka bizi izan duten emakumeen subjetibitatean gerraren eraginaren hausnarketa feminista

GUERRA Y DESARROLLO:
LA RECONSTRUCCIÓN
POST-CONFLICTO

Edita: UNESCO ETXEA
Coordinadores: Dominic Wyatt y Dominique Saillard
Editor: Gonzalo Romero de Loresecha
Colaboradora: Keltse Elorrieta Puyuelo
ISBN: 84-931998-9-3 [2001]
Precio: 10 euros (envío incluído)
Pedidos: r.iniguez@unescoetxea.org

EL SALVADOR: UNA REFLEXIÓN FEMINISTA ACERCA DEL IMPACTO DE LA GUERRA EN LA SUBJETIVIDAD DE LAS MUJERES QUE PROTAGONIZARON EL CONFLICTO

por Morena Herrera

Reflexionar e interpretar experiencias del pasado tiene la dificultad de que los recuerdos no permanecen en estado puro, las valoraciones están impregnadas de las experiencias posteriores; por ello, cuando Las Dignas hablamos del impacto de la guerra en distintos aspectos de la subjetividad femenina, lo hacemos teniendo en cuenta que estamos en permanente búsqueda de una perspectiva crítica de los acontecimientos históricos y de las vivencias individuales y colectivas, que está presente nuestra toma de conciencia sobre la subordinación de género y nuestras múltiples militancias feministas, en las que hemos encontrado una fuente renovada de estímulo transformador y energías para enfrentar los desafíos del presente.

Se acaba de celebrar el décimo aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, en diversos foros, debates, artículos y publicaciones queda constancia de la distancia que aún predomina en las miradas de ese momento, y sobre todo en las interpretaciones que acerca de su cumplimiento hacen los diferentes actores. Para el gobierno es un proceso cerrado, una página ya escrita y por la cual hay que pasar en el libro de la historia con el menor realce posible. Entre quienes desde el FMLN fueron firmantes de los acuerdos también se advierten posturas encontradas, algunas más coincidentes con la posición gubernamental y otras que enfatizan lo que queda pendiente.

Mientras desde sectores sociales organizados se señala la necesidad de establecer un nuevo acuerdo social que nos permita desde un consenso político básico construir una nueva visión de país, que retome los aspectos pendientes en el pacto y que avance en la solución de los grandes problemas que aquejan a la población salvadoreña. Y no es casual que sea únicamente desde estos sectores que se continúa reivindicando la necesidad de dignificar a las víctimas, de mantener vivos sus recuerdos en cada acto de este presente que expulsa a los/las salvadoreños y salvadoreñas en un río emigrante que ya alcanza a una cuarta parte de los habitantes del país.

En el encuentro Mujeres, Democracia y Acuerdos de Paz, realizado en el marco de la conmemoración de la firma de los Acuerdos, las reflexiones destacaban la importancia de reconocerse como actoras del hecho político, aunque no figurasen como autoras del texto que selló el pacto. Con la necesidad de asumir un pasado que todavía duele, se requieren nuevas energías para enfrentar los desafíos actuales.

La historia centroamericana, pasada y actual, está marcada por un sinnúmero de desigualdades y desastres que alimentan y, a la vez, provocan la agudización de los altos niveles de pobreza de la mayoría de la población, y que ponen a prueba las frágiles democracias, las que no acaban de desprenderse de una tradición de autoritarismo y represión como formas más comunes de gobernabilidad.

El Salvador, a pesar de ser el país más pequeño de Centro América, es uno de los que registra mayores índices de violencia de Latinoamérica e incluso del mundo. Esta es la realidad después de poco más de diez años de guerra y una larga historia de levantamientos insurreccionales, cuyas causas básicas han sido: la injusta distribución de la tierra; los altos niveles de pobreza real, producto de enormes desigualdades sociales; la carencia de espacios de expresión para la población; y las prácticas represivas como respuesta a las demandas de cambio.

La experiencia salvadoreña en la negociación y la firma de los Acuerdos de Paz ha sido presentada al mundo como uno de los ejercicios más exitosos en la práctica y el conocimiento de la resolución de conflictos a nivel mundial, diez años después, con días, semanas, meses y años de reinserción, de transición política, de aumento y agudización de la violencia y la pobreza rural y urbana, de ver cómo de un desarme de fuerzas insurgentes hemos pasado a un estatus de sociedad armada, de advertir la falta de consolidación de las instituciones democráticas, de inseguridad e impunidad, son cada vez más alarmantes las señales de fracaso de ese modelo de paz exitoso. Por eso a veces nos preguntamos, en el mismo lenguaje que utilizó la Comisión de la Verdad, si estamos caminando de la locura a la esperanza, o si de nuevo los pasos de nuestra sociedad van de la esperanza a la locura.

En la actualidad, es común que la búsqueda de soluciones a distintos conflictos se realice mediante el uso de violencia bélica, pese a que el discurso del respeto a los derechos humanos y las soluciones negociadas es cada vez más universal. La alta tecnología en los medios de comunicación nos da detalles de cada conflicto bélico, somos capaces de identificar regiones o países de los que antes ni siquiera habíamos oído hablar. Es bastante común también que luego anuncien y den amplia publicidad a los procesos de pacificación que todo el mundo espera, y también con gran celeridad pasan a olvidarse casi por completo de todo lo ocurrido.

En el caso salvadoreño, el país vuelve a ser noticia cuando sus índices de violencia se elevan por encima de la media mundial o cuando lo azotan catástrofes naturales, como con el huracán Mitch y los terremotos de 2001.

Se espera que la paz sea el rasgo principal de las posguerras, y se piensa poco en lo que pasará cuando ésta llegue, cómo serán superados los códigos de comunicación y relación que han marcado la cultura de una sociedad. Antes fue El Salvador, ahora es Afganistán, sociedades donde se habla de tiempos políticos y de oportunidades electorales, de alternancias, procesos y gobiernos de transición que suelen estar presentes en las negociaciones. El cumplimiento de los acuerdos pasa a ser un desesperante "estira y encoge" que va perdiendo resonancia y termina realizándose casi en silencio. La formas específicas en que la reinserción se produce en los diversos escenarios apenas se tienen en cuenta, y menos las particularidades de las personas que van a vivir esos procesos. Así, para las mujeres excombatientes salvadoreñas no contó el dato de su condición genérica a la hora del diseño de programas de reinserción, y una vez cerrado el paréntesis de la situación de excepción muchas de ellas, sobre todo las mujeres rurales, han vuelto a asumir sin grandes cambios las tareas tradicionales que la sociedad asigna a las mujeres: el trabajo doméstico y ser las principales responsables de las tareas derivadas del cuidado familiar.

Las transformaciones políticas tienen un ritmo diferente del que necesitan las personas para recuperarse de las heridas emocionales y de la ruptura de las relaciones sociales que deja todo conflicto armado. Pero las heridas poco importan en los escenarios y correlaciones políticas.

Es posible que el caso salvadoreño no sea una excepción, sin olvidar las diferencias provocadas por los contextos culturales, algo de universal podemos rescatar de este proceso. Sobre todo en el impacto que ha tenido en las subjetividades e identidades de las personas y en el terreno de la recuperación emocional de quienes tienen que aprender a integrar el trauma de la guerra en una situación diferente. De aquí la importancia de analizar lo que ha significado para las mujeres el conflicto armado vivido en El Salvador desde los años ochenta hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, en tanto desastre social, situación limite y evento traumático prolongado.

Las Dignas, como organización feminista, ha tenido una permanente preocupación por reflexionar y hacer lecturas de aquellos aspectos ignorados por los informes oficiales y de las versiones cada vez más consensuadas en la historia nacional. Es así como hemos abordado los cambios de roles en los terrenos de la maternidad y la sexualidad, la construcción de identidades masculinas y femeninas cada vez más encontradas y que están suscitando problemas de convivencia, la discriminación de género en los programas de reparación y reinserción. Las mujeres, con sus necesidades e intereses, a pesar de haber constituido el 30% de los excombatientes desmovilizados, y de integrar el 60% de la base colaboradora de la guerrilla, fueron las grandes ausentes de los pactos políticos de posguerra. Ahora, apenas algunas de sus demandas más visibles se llegan a plasmar en políticas públicas.

Las huellas que dejan las vivencias traumáticas pueden ser elaboradas de distinta manera, según se haya participado en la guerra o no. La experiencia de la población civil es distinta de la de quienes integramos el ejercito guerrillero. Las comunidades civiles sufrían las consecuencias de los enfrentamientos y las políticas de exterminio, su única opción pasaba por huir y buscar dónde refugiarse, bajo el terror y la impotencia causadas por la indefensión. Para quienes abrazamos una causa y nos adherimos a unos ideales de transformación social, el conflicto armado nos brindó otras posibilidades de defensa, entre las que la posibilidad de morir era una de las opciones.

Durante el conflicto armado las mujeres desempeñaron una diversidad de tareas no contempladas en la tradicional división genérica del trabajo en tiempos normales. Incluso aquellas que contribuyeron al sostenimiento de la guerra con actividades típicamente femeninas como la elaboración de comida o la búsqueda de abastecimiento, lo hicieron en el marco de un proyecto colectivo que transcendía el marco familiar, y transformadas en madres sociales se convirtieron en las "mujeres montaña", en la montaña que nutría, daba cobertura y alimentaba a "los muchachos".

El ejercicio de la maternidad y muchas experiencias sexuales que las mujeres vivieron durante la guerra se enfrentaron con las orientaciones y enseñanzas de corte conservador recibidas durante la infancia. El vínculo irrevocable entre la sexualidad y la reproducción fue cuestionado por los requerimientos de la lucha armada y la clandestinidad. Las urgencias y prioridades de la guerra rompieron la correspondencia, hasta ese momento inalterada, entre maternidad biológica y maternazgo, provocaron mucho dolor para las mujeres madres, quienes ya en tiempos de paz han tenido que buscar reconstruir de forma muy solitaria las relaciones con las hijas y los hijos cuyo cuidado dejaron en otras manos.

En relación a la maternidad, se ha constatado que durante la guerra se cuestionó la supuesta naturalidad de los embarazos como consecuencia lógica del ejercicio de la sexualidad. Muchas mujeres aprendieron a controlar su fecundidad, y aun con contradicciones, algunas pudieron tener relaciones sexuales sin temor a quedar embarazadas, poniendo en cuestión unos de los elementos más fuertes de la identidad tradicional femenina en El Salvador: la obligación de parir. Este cambio no tuvo el mismo impacto en los hombres, pues la contracepción era una política priorizada para las mujeres, perdiendo con ello la oportunidad de superar la irresponsabilidad masculina en el ejercicio de la sexualidad, lo que reforzó la idea de que son las mujeres las únicas responsables de las consecuencias de una relación sexual.

Una de las conclusiones de los procesos de investigación y reflexión posteriores a la guerra ha sido que, pese a que los cambios en el ejercicio de la sexualidad de las mujeres y los hombres que vivieron en campamentos guerrilleros podrían haber tenido un contenido liberador, la ausencia de reflexión y de un abordaje progresista de los mismos dejaron como resultado sentimientos de culpabilidad y una necesidad de esconder el pasado.

En la posguerra, la mayoría de mujeres que protagonizaron el conflicto perciben que las modificaciones de sus prácticas sexuales y maternales fueron coyunturales, producto del momento e inevitables debido a las circunstancias, sin embargo, no conciben ubicarlas como una oportunidad de cuestionar los esquemas tradicionales de la feminidad.

Diez años de transición política, de posguerra y múltiples reconstrucciones dan cuenta de la persistente ausencia de políticas y programas encaminados a la reparación social y emocional de mujeres y hombres. La utilización de sus roles tradicionales, que hizo a las mujeres merecedoras de reconocimientos colectivos durante la guerra, sirve de poco ahora que reclaman cuotas de poder y espacios para el ejercicio de su ciudadanía. La discriminación en los espacios de participación política es uno de los obstáculos para construir la correlación de fuerzas necesaria para superar la parcialidad con la que las sociedades abordan las necesidades femeninas, que requieren ser convertidas en problemas sociales y en soluciones de políticas públicas.

Las guerras también son evaluadas desde dimensiones de desastre, pero en los desastres y su prevención tiende a colocarse la fuerza de la naturaleza bastante por encima de los originados por la intervención humana. La vulnerabilidad y la desigualdad caminan de la mano con el impacto de los desastres en diferentes sectores de la población, la manera en que las poblaciones vulnerables las hacen frente cuenta también en el proceso de resolución. Huracanes, terremotos y guerras también pueden considerarse como oportunidades para desarrollar capacidades o profundizar en la desigualdad y la vulnerabilidad. De la forma de enfrentarse a esta situación y del apoyo que han recibido los sectores afectados ha dependido la profundización en la pobreza y las inequidades.

El arduo proceso de reconstrucción humana de las/los salvadoreñas y salvadoreños no es memoria todavía, es vida cotidiana, son dolores actuales vividos en silencio y soledad en la mayoría de los casos. Las grietas en la tierra que deja un huracán y los soterramientos después de los terremotos son destrucciones y traumas que se suman, y que abren de nuevo las heridas que la guerra provocó y que aún no están sanadas. La recuperación de la salud mental de una población profundamente dañada en sus relaciones personales, comunitarias y sociales es un proceso del que apenas unas cuantas personas y organizaciones se ocupan, con escasos recursos materiales y humanos.

Sobre los duelos pendientes se generan nuevas pérdidas, sin el tiempo necesario para superarlos. La reparación material fue totalmente parcial e insuficiente, y la reparación emocional vinculada a una dignificación de las víctimas no tiene espacio en las instituciones públicas, siendo motivo de preocupación únicamente para algunas personas y organizaciones sociales.

Pretender el olvido es a veces la manera más común de resolver las incomodidades que resultan de no haber asimilado las pérdidas. Esto puede explicar una actitud bastante generalizada de echarle capas de cemento a un pasado que está muy presente, como lo demuestra cada año la conmemoración del asesinato de Monseñor Romero, donde las comunidades logran expresar su dolor, mientras desde las instancias gubernamentales se pretende un olvido que no es real.

Las mujeres, que constituyen el porcentaje mayor entre los sobrevivientes, son las más activas en los procesos de recuperación de la memoria histórica y de la reconstrucción del tejido social, al mismo tiempo que reconstruyen sus viviendas y corren de un lado para otro tratando de dar respuesta a las necesidades de supervivencia de sus familias.

Las reflexiones sobre el dolor de quienes sobreviven a una pérdida por motivaciones políticas son casi siempre un pálido reflejo de la realidad. Es necesario tener en cuenta siempre las circunstancias y el contexto en que los hechos sucedieron.

En El Salvador el pasado se vive en el presente y se perfila en el futuro. Un pasado que se cerró por decreto dejando los trastornos del duelo, traumatizaciones que no han tenido espacios para repararse, relaciones familiares y sociales conflictivas que no se entienden si se dejan fuera del contexto de la guerra.

La paz, entendida no solamente como el cese de la confrontación bélica, sino como una reconstrucción del tejido social dañado por la violencia, está muy lejos de alcanzarse únicamente a partir de acuerdos políticos y pactos entre cúpulas dispuestas a la negociación.

En El Salvador hay miles de personas que aún no viven en paz, que no pueden dormir, que no pueden recuperar la confianza perdida hacia su entorno, tras tantos años de violencia y mentiras, que no saben comportarse sin ejercer violencia porque no lo han aprendido y porque lo único que les ha dado resultado en el pasado son las pautas de interacción violenta.

Y aunque existen diferencias en las vivencias de acuerdo al menor o mayor involucramiento de las personas en el conflicto, su edad, su género, la situación actual y otras variables necesarias a tener en cuenta, lo cierto es que todas ellas constituyen una población directamente afectada por las secuelas de la guerra. Ellas son las que nos impiden pensar que la guerra es asunto del pasado.

Los últimos veinte años de la historia de las mujeres salvadoreñas están plagados de cambios. Nuevas exigencias y habilidades le son requeridas a la población femenina, y sin embargo, el trabajo doméstico y el cuidado de las personas no conocen alternativas para su realización, con lo cual las mujeres se ven sobre exigidas y poco apoyadas. Todo ello al margen del involucramiento masculino en las tareas del espacio privado. En una reciente investigación sobre las mujeres que durante la guerra tuvieron que huir y vivieron en los refugios, nos hemos encontrado con que, pese a las profundas transformaciones sociales por las que han transitado, son muy pocos los cambios que las propias mujeres reconocen en el proceso de su autofortalecimiento.

Por todo lo anteriormente mencionado, la experiencia de estos años nos ha mostrado que para pretender construir una cultura de paz sostenible es preciso considerar y dedicar atención a los procesos de reparación emocional, y en ellos, uno de los puntos más importantes es la reinterpretación positiva de las vivencias de las mujeres, para que sirvan como factores de valoración y fortalecimiento de sus capacidades en una convivencia más equitativa con los hombres.

BIBLIOGRAFIA

Becker, D. y Kovalskys, J.; Dentro y fuera de la cárcel: el problema de conquistar la libertad, Psicología social de la guerra, I. Martín-Baró (comp.), UCA Editores, San Salvador, 1990: UCA Editores

Vázquez, N. y Escobar, C.; Características del duelo en familiares que integran la Asociación Pro-Búsqueda de niñas y niños desaparecidos durante la guerra, UCA Editores, San Salvador, 1998.

Vázquez, N. y Garaizabal, C.; El dolor invisible de la guerra, Talasa, Madrid, 1994.

Vázquez, N., Ibañez, C., Murguialday, C.; Mujeres-Montaña. Vivencias de guerrilleras y colaboradoras del FMLN, Editorial Horas y horas, Madrid, 1996.

Morena Herrera: Guerrillera del FMLN durante más de diez años en puestos de dirección. En 1990 participa en la fundación de la Organización de Mujeres por la Dignidad y la Vida, de la que fue coordinadora durante diez años. Actualmente es concejala por el FMLN en la alcaldía de San Salvador y es responsable de la Unidad de la Mujer en esta misma alcaldía..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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