Derechos Humanos y Cultura de Paz
Rehabilitación Post-Bélica
Jornadas Guerra y Desarrollo
Atrás EU|EN
Rehabilitación política  >  La construcción de la ciudadanía de las mujeres después del conflicto

GUERRA Y DESARROLLO:
LA RECONSTRUCCIÓN
POST-CONFLICTO

Edita: UNESCO ETXEA
Coordinadores: Dominic Wyatt y Dominique Saillard
Editor: Gonzalo Romero de Loresecha
Colaboradora: Keltse Elorrieta Puyuelo
ISBN: 84-931998-9-3 [2001]
Precio: 10 euros (envío incluído)
Pedidos: r.iniguez@unescoetxea.org

 

 

LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDADANÍA DE LAS MUJERES DESPUÉS DEL CONFLICTO

 

por Clara Murguialday

 

Mi intervención va a ser una continuación de la de Morena Herrera, pues ambas tenemos el mismo conflicto salvadoreño como referencia de investigación y reflexión. Dado que Morena abordó las cuestiones más relacionadas con los costes emocionales de la guerra y cómo la reconstrucción deja de lado a las mujeres, sus dolores y duelos congelados, yo me voy a centrar más en el tema del reconocimiento por parte de las políticas de reconstrucción de las necesidades e intereses de género de las mujeres y específicamente, en el tema de la construcción de ciudadanía de las mujeres -o sea, la construcción del "derecho a tener derechos"- en la época posterior a los Acuerdos de Paz que, por cierto, a menudo no es una época de post-conflicto sino de continuación del conflicto con otras expresiones, como ocurrió en El Salvador en la década de los noventa.

Revisando la escasa bibliografía existente sobre el análisis de género en las políticas de reconstrucción, lo primero que se observa es que el tema parece reducirse a la violencia sexual: las miles de mujeres violadas durante la guerra en Bosnia, las miles masacradas y violadas en Ruanda, etc. Parece que las mujeres sólo pueden ser víctimas de violaciones sexuales -y no es poca cosa haber llegado a visibilizar semejante delito de guerra- o "grupo vulnerable" en su condición de madres y jefas de hogares. Es obligado reconocer que, al margen de las organizaciones de mujeres que se proponen específicamente abordar los impactos de los conflictos y de la posguerra en las mujeres, pocas son las instituciones y ONGs que se plantean un análisis de género de las políticas de reconstrucción.

Tomando como referencia el caso salvadoreño y más ampliamente, la realidad centroamericana, lo primero que constato es que los procesos de reconstrucción nacional no han tomado en cuenta los intereses y necesidades de las mujeres, ni antes ni durante la firma de los Acuerdos de Paz, ni tampoco en los procesos de reconstrucción. Un dato alcanzaría para ejemplificar este asunto: en El Salvador se desmovilizaron en 1992 un total de 3.285 mujeres, pero los programas de reinserción no contenían políticas especificas para las mujeres; no se tomó en consideración que el 80% de las guerrilleras que se estaban desmovilizando tenían hijos e hijas menores de 12 años; tampoco se dijo que el 29% de las guerrilleras desmovilizadas eran jefas de hogar en ese momento. En consecuencia, los programas de reinserción no previeron capacitación laboral específica para las mujeres ni valoraron sus particulares dificultades para acceder a la capacitación, pero tampoco contenían medidas de resarcimiento económico que compensaran a las mujeres de las consecuencias de su involucramiento en la guerra. En 1995, una investigación realizada por la Fundación 16 de Enero sobre la situación de las ex-guerrilleras concluía que la absoluta mayoría de ellas se había reinsertado... a las funciones de ama de casa, sin recibir tierras, ni becas, ni capacitación ocupacional.

Este tipo de cosas ocurren cuando no se hace un análisis de género de la realidad sobre la que se quiere intervenir con medidas políticas. Una primera dificultad a la hora de realizar un diagnóstico social "generizado" es la visión que tanto los grupos armados como las organizaciones de la sociedad civil tienen sobre la participación de las mujeres en los conflictos armados: una imagen distorsionada donde las mujeres aparecen como víctimas pasivas de la violencia o como mujeres omnipotentes que superan todas sus dificultades (la foto de la miliciana nicaragüense con el fusil en un brazo y el hijo en el otro es una imagen muy útil para la propaganda, pero muy alejada de la realidad de las mujeres nicaragüenses en los años ochenta). El resultado es que se ofrece un análisis maniqueo del impacto de la guerra en las mujeres, según el cual o todo es pérdida o sólo hay ganancia. Pero las guerras no solamente ocasionan dolores importantes para las mujeres, ni son una panacea para la liberación femenina.

A comienzos de los años noventa se decía en El Salvador que "la guerra había sacado a las mujeres de la cocina y las había convertido en activistas, en militantes de una causa revolucionaria, las había liberado". Ahora bien, está por verse que las guerras "saquen realmente a las mujeres de la cocina", si entendemos ésta como espacio físico de trabajo pero también como espacio simbólico del cuidado de los seres queridos. Por lo que vamos sabiendo sobre cómo les ha ido a las mujeres en los conflictos armados, no se puede afirmar que las mujeres hayan dejado la función de cocinar durante las guerras; de hecho, buena parte de las guerrilleras desmovilizadas en El Salvador fueron cocineras y sanitarias en los campamentos, hacían las tradicionales funciones femeninas, aunque ahora para una colectividad más amplia que sus propias familias y al servicio de la causa revolucionaria.

Por otro lado, durante los conflictos armados, sobre todo si estos son de larga duración, las estructuras de dominio masculino sobre las mujeres se desmontan en cierta medida y las mujeres encuentran oportunidades para desarrollar nuevos roles, nuevas habilidades y aprendizajes, haciéndose cargo de tareas y responsabilidades que nunca soñaron con poder desarrollar. Así que las guerras, en no pocas ocasiones, brindan a las mujeres la posibilidad de dar pasos importantes en su desarrollo personal, logrando mayores cuotas de autonomía y empoderamiento. Esta es una aparente paradoja que no es fácil de reconocer, ni siquiera por las propias mujeres, pues se supone que la guerra, una situación no deseada y básicamente destructiva, no puede propiciar a quienes participan en ella, de manera directa o indirecta, oportunidades de desarrollo personal.

Y sin embargo, así es y la evidencia lo demuestra. Ayer Morena mencionó una investigación recientemente realizada en El Salvador sobre las mujeres salvadoreñas refugiadas en Honduras. Cuando diez o doce años después de haber estado en el refugio, se les preguntaba a las mujeres qué recordaban de aquella experiencia, era evidente que las mujeres sentían añoranza del refugio; por supuesto, no añoraban los elementos del contexto que les obligó a refugiarse, que era doloroso, lleno de pérdidas y represión, sino lo que el refugio supuso en sus vidas: una situación en la que, como consecuencia de la ausencia de hombres, tuvieron protagonismo público, visibilidad para su trabajo y, sobre todo, posibilidades de hacer tareas que nunca antes pudieron realizar, como la de ser guardianas del refugio, porque eran ellas las que hacían la vigilancia, las eternamente vigiladas y controladas en la comunidad resultaba que podían organizarse para realizar tareas de protección, seguridad y vigilancia en el campamento frente a las incursiones de los ejércitos salvadoreño y hondureño. Nunca pudieron volver a hacer esa función una vez que retornaron a las repoblaciones; poco tiempo después volvieron los hombres de los frentes guerrilleros, se reconstruyeron las familias y las mujeres se reinsertaron en las tareas domésticas. Nunca volvieron a experimentar aquel "sentir el cuerpo grande" como decían ellas, haciendo cosas importantes que nunca se habían imaginado.

En conclusión, la reconstrucción plantea a muchas mujeres este dilema: mientras la guerra les dio oportunidades de desarrollo y autonomía, el cese del conflicto, el retorno a la normalidad y la situación de paz son vividos como una pérdida de logros importantes adquiridos durante la guerra. En definitiva, si la llegada de la paz significa para muchas mujeres retroceso en su desarrollo personal, ello plantea un reto a los procesos de reconstrucción: ¿cómo generar las condiciones para que las mujeres no tengan que regresar a la "cocina"?

Pasando a la segunda parte de mi exposición, quisiera adentrarme en el tema de la construcción de la ciudadanía de las mujeres en tiempos de posguerra. Tomaré de nuevo como referencia la posguerra salvadoreña y particularmente, los primeros cinco años posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz en aquel país y las llamadas "elecciones del siglo" celebradas en 1994, consideradas unánimemente como las primeras elecciones en libertad, aunque éstas no resultaron ser tan democráticas ni transparentes como hubiera sido deseable.

Pues bien, los análisis sobre los resultados electorales resaltaron que las mujeres fueron las grandes ausentes de estas elecciones, con un porcentaje de abstencionismo activo y pasivo por encima del 70%, y que habían apoyado a la coalición de izquierda, que incluía al FMLN, en un porcentaje muy inferior a los hombres, sobre todo en las zonas que habían estado bajo el control de las organizaciones guerrilleras durante la guerra.

Sorprendidas por el hecho de que en estas zonas una gran cantidad de mujeres, muchas de ellas colaboradoras activas del FMLN, no hubieran ido a votar o lo hubieran hecho a favor de las opciones de derecha, en la organización feminista Las Dignas realizamos una investigación guiadas por esta pregunta: ¿qué les lleva a las mujeres a colaborar con una fuerza guerrillera en un conflicto armado? La respuesta es que buena parte de sus motivaciones tenían que ver con su identidad de madres, es decir que las mujeres entraron al conflicto armado en gran medida porque sus hijos e hijas estaban ya incorporadas a la lucha revolucionaria y por tanto, sentían que el campamento guerrillero, a cuyo sostenimiento colaboraban cocinando, cosiendo, transportando pertrechos militares o brindando seguridad a sus dirigentes, era una "extensión de la cocina", un ámbito social donde seguir prodigando sus cuidados.

El FMLN, en su afán de animar a las mujeres a colaborar con la lucha, les interpeló en su condición de madres: los guerrilleros llamaban "mamá" a las mujeres mayores colaboradoras y éstas llamaban "muchachos" a los jóvenes luchadores, haciendo un uso consciente del significado de la maternidad para las mujeres y buscando generar en ellas una práctica de "maternidad social". Estas mujeres se socializaron políticamente desempeñando roles maternales, ahora con una cobertura más amplia que la estrictamente familiar, y fueron valoradas muy positivamente por ello. En conclusión, las mujeres salieron de la guerra más maternales, más cuidadoras y con unas dosis mayores de domesticidad, que cuando entraron en ella.

Pero no sólo se iniciaron en la lucha política cumpliendo funciones maternales, también lo hicieron desde la obediencia y el activismo ("tareísmo" es la expresión salvadoreña usada para decir que una "trabaja como una hormiguita cumpliendo la tarea que te encomiendan, pero sin pensar para qué sirve lo que una hace"), "cumpliéndoles a los muchachos que les mandaban papelitos con las tareas a realizar"...

Firmados los Acuerdos de Paz, ¿cómo resocializar políticamente a estas mujeres que además, son las que integran y dirigen actualmente las organizaciones de mujeres y otras de la sociedad civil? ¿Cómo resocializarlas no en clave de maternidad o domesticidad, no en los cuidados y la obediencia sino en la autonomía, en la libertad de decisión, en el protagonismo, en la construcción de sí mismas como sujetas sociales y políticas que hacen movimiento y política desde sus intereses?

En El Salvador, durante los años noventa, algunos grupos feministas hicieron intentos de convocar a estas mujeres en tanto ciudadanas, en tanto individuas con "derecho a tener derechos", a pensar en sí mismas y en sus intereses, a luchar por sus demandas sin que nadie les "pasara un papelito". Pero en no pocas ocasiones, la reacción de estas mujeres ante las propuestas de los grupos feministas era de perplejidad: "¿Qué quieren estas mujeres? ¿Para qué me están llamando? ¿Por qué no me dan la tarea y yo la cumplo rapidito? Me dicen que ahora tengo que ser yo la protagonista de los cambios en esta comunidad, pero eso ¿cómo se hace?"

No es difícil concluir, a posteriori, que si durante la guerra no hay una reflexión crítica sobre cómo se están socializando políticamente las mujeres, la reconstrucción puede encontrar a las mujeres con menos herramientas que las que tenían antes para asegurar su participación social y política. Y la pregunta es: ¿Cómo crear las condiciones para que las mujeres se construyan nuevas identidades distintas de las maternales y las domésticas que desarrollaron hasta la saciedad durante la guerra? ¿Cómo potenciar las habilidades de las mujeres para que participen en lo público desde la conciencia del "derecho a tener derechos"? ¿Cómo apoyar a las organizaciones de mujeres en la capacitación en áreas de gestión, de liderazgo y de presión política?

El discurso de Naciones Unidas es abundante en referencias al importante papel que las mujeres cumplen como gestoras y reconstructoras de la paz, pero aún no ha traducido el discurso en programas de formación y en recursos para mejorar las habilidades y los saberes de las mujeres, para que puedan desempeñar esa función.

Tampoco se ha traducido en apoyo a las organizaciones de mujeres, que viven en las posguerras particulares "tensiones de género". Los conflictos de género se agravan en las épocas pos-Acuerdos de Paz debido a la cultura militarista que se ha instalado en las relaciones, las secuelas de guerra, la abundancia de armas ligeras, el retorno de los "combatientes heroicos" acostumbrados a imponerse más que a negociar, la traumatización extrema, el hábito del recurso a la violencia y la imposición, y la falta de costumbre en recurrir al diálogo y la negociación. Todo esto hace que en los periodos de posguerra aumente y se agrave la violencia de género. En este contexto, las organizaciones de mujeres suelen ser marginadas de los financiamientos, estigmatizadas como feministas y atacadas por los hombres de la comunidad -muchos de los cuales no aceptan fácilmente los espacios logrados por las mujeres durante el conflicto- y por las fuerzas de seguridad.

Por último, ¿cómo generar procesos de reconstrucción política que no sólo reconozcan el importante papel de las mujeres en la construcción de la paz, sino que enfrenten también las formas "poco pacíficas" en que los hombres tienden a resolver los conflictos? La persistencia de valores y actitudes violentas asociadas a la masculinidad, los estereotipos agresivos identificados como viriles y propios de la hombría, son fuertes obstáculos para construir una sociedad en paz que propicie relaciones equitativas y democracias participativas.

 

Clara Murguialday: Licenciada en Economía. Actualmente trabaja en la Oficina de Cooperación al Desarrollo de la Universidad del País Vasco. También imparte clases sobre Género y Desarrollo en varios masters universitarios y colabora con la Coordinadora de ONGD del País Vasco, participando en el Grupo de Género y en la Comisión de Seguimiento del Código de Conducta. Ha vivido desde 1980 hasta 1998 en América Latina, donde ha trabajado como investigadora, formadora y consultora de organismos de Naciones Unidas y organizaciones no gubernamentales, en temas relacionados con la incorporación de las mujeres a los programas de desarrollo. Es autora de varias publicaciones sobre movimientos de mujeres, impacto de la guerra en la subjetividad femenina, participación política y construcción de la ciudadanía en contextos de posguerra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



PUNTO UOC
DAME 1 MINUTO
BOLETIN AGENDA 2030
RECIBE NUESTRAS ACTIVIDADES
SOStenibles
SERVICIOS DE LOS ECOSISTEMAS DE EUSKADI
ASOCIATE
ESTRATEGIA DE EDUCACION PARA EL DESARROLLO


Con el apoyo de
Bizkaiko Foru Aldundia / Diputación Foral de Bizkaia

Eusko Jaurlaritza / Gobierno Vasco