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GUERRA Y DESARROLLO:
LA RECONSTRUCCIÓN
POST-CONFLICTO

Edita: UNESCO ETXEA
Coordinadores: Dominic Wyatt y Dominique Saillard
Editor: Gonzalo Romero de Loresecha
Colaboradora: Keltse Elorrieta Puyuelo
ISBN: 84-931998-9-3 [2001]
Precio: 10 euros (envío incluído)
Pedidos: r.iniguez@unescoetxea.org

 

EL CONTEXTO DE LOS CONFLICTOS Y LA RECONSTRUCCIÓN

 

por Mariano Aguirre Ernst

 

El punto de partida del debate sobre el post-conflicto se encuentra en los procesos de reconstrucción posbélica o de reconstrucción de poscrisis profunda, social, económica y política ocurridos en algunos países en la última década. La franja pasa más o menos por El Salvador, Guatemala, Haití -donde, aunque no ha habido guerra declarada, sí se ha producido un proceso de ruptura tan profundo que casi se puede considerar una situación de violencia estructural permanente-, Mozambique, Bosnia y Kosovo, entre otros sitios. Estos procesos han tenido y tienen todos ellos, ya que ninguno ha acabado, balances nada definitivos. Se puede decir que unos han sido un poco más positivos y otros prácticamente catastróficos o muy, muy negativos hasta el momento.

La cuestión de la reconstrucción resulta ser crucial actualmente y, sin embargo, por lo menos hasta ahora y aquí en el espacio del Estado español, se le ha prestado poca atención. Las tendencias globales indican que conflictos como los que hemos visto en la última década se van a seguir produciendo, y que, en general, hay una inhibición o retraimiento de los estados más fuertes en cuanto a sus contribuciones a los procesos de reconstrucción e intervenciones en las diferentes fases que presentan las crisis, ya se trate de emergencias humanitarias o de acciones de cooperación al desarrollo.

Algunos de los problemas más graves surgen no ya de los conflictos o, en el mejor de los casos, de los procesos o intentos de reconstrucción, sino del choque entre la tendencia global del mercado internacional y la reconstrucción post-bélica.

Las características, los problemas y los desafíos que enfrenta la reconstrucción post-bélica tienen una relación muy profunda con las características de las guerras modernas, con los tipos de conflictos que hay en la actualidad. Estos conflictos van en una especie de arco mundial de crisis que van desde Afganistán a Colombia. pasando por la República Democrática del Congo, Ruanda, Burundi, Sudán, Argelia y Chechenia, entre otros sitios.

Las guerras actuales tienen muchas características que son tradicionales de la guerra y algunas otras típicamente modernas o actuales. Estas guerras se caracterizan por una serie de puntos que simplemente voy a mencionar a continuación.

En primer lugar, la mayor parte de ellas son guerras internas, ocurren dentro de estados o en regiones determinadas y, cada vez menos, guerras entre estados, o sea el concepto tradicional de guerra entre estados o entre coaliciones de estados, pero esto es actualmente una excepción.

En segundo lugar, estas guerras se libran en estados frágiles, o en zonas en las que resulta complicado la construcción del Estado, especialmente desde la época post-colonial. Son procesos de construcción del Estado que no han acabado y que han producido en general unas entidades que no podríamos casi denominar Estados. Tienen un sitio, una silla en las Naciones Unidas, pero en realidad tienen una zona geográfica no muy bien definida, no existe un control desde el aparato institucional sobre el conjunto del territorio y de los ciudadanos, y no se da un control democrático, y muchas veces ni siquiera un control dictatorial. Es decir, hay una fragmentación, una ruptura interna que algunos investigadores explican como una etapa post-nacional o post-estatal, cuando ni siquiera se han llegado a construir estos Estados frágiles. Estos Estados, generalmente, son altísimamente corruptos y patrimonialistas, debido a la identificación que hay entre las elites y el control del Estado, y por la capacidad de moldear el Estado para sus propios beneficios.

En tercer lugar, estas guerras son libradas por actores diversos, como los Estados frágiles, pero luego hay una diversificación que va cambiando de país a país, y se pueden encontrar grupos de guerrilla con una ligera ideología política, grupos paramilitares muchas veces subcontratados y vueltos a subcontratar inicialmente por actores estatales o por actores económicos.

La cuarta característica consiste en que algunos de estos grupos armados o entidades suelen contar cada vez más con potentes fuentes de financiación. Son algo así como grupos armados y empresariales ilegales. Estos grupos armados controlan, por ejemplo, parte del narcotráfico, de la explotación y exportación de diamantes, o incluso de la exportación o importación de personas, en el caso del negocio internacional de las migraciones ilegales.

Otra característica es que los objetivos políticos de estas guerras -y esto todavía suele generar una cierta confusión en algunas personas que han quedado marcadas por la experiencia de las guerrillas de liberalización nacional, en los años sesenta y setenta- son extremadamente relativos, cuando no inexistentes. La guerra en estos casos es algo así como una justificación, y no un fin en sí mismo. Además, hay una cierta ruptura con el concepto tradicional de guerra de Klausewich, en el sentido de que la guerra es una herramienta para alcanzar un fin político y para cambiar de alguna manera la forma de actuar del enemigo real o potencial. Lo que estamos encontrando, en este escenario que estoy describiendo, es que la guerra en realidad se está convirtiendo en una forma de organización social, política y económica, en un medio de integración para miles, cuando no millones, de personas, y que luego viene la ideología y el discurso político. Ahí empieza a haber una diferenciación fuerte entre lo que fueron, por ejemplo, los grupos armados de los años sesenta y setenta, en donde había un uso de la violencia para construir un Estado nuevo o para cambiar el que ya existe. Mientras que, en la actualidad, en realidad son formas de violencia por la violencia en sí misma, como forma de supervivencia.

Otro factor importante es que estamos hablando de guerras de intereses, pero con legitimaciones o explicaciones de identidad. Los analistas y periodistas muchas veces consideran que las guerras actuales son guerras de identidad primero, y luego de intereses. Yo por mi parte, creo que primero hay guerras por intereses, por intereses muy concretos, como el de la supervivencia de grupos sociales, y luego hay legitimaciones, o sea, explicaciones. Matar a alguien requiere un esfuerzo considerable. Matar a grupos sociales requiere un esfuerzo todavía más grande, y un convencimiento de lo que se está haciendo. Para que se lleven a cabo matanzas y violaciones masivas de los derechos humanos es preciso tener una cierta visión del mundo, haber adquirido una cierta consciencia, aunque sea falsa, de lo que se está haciendo.

Este tipo de guerras, aparentemente por identidad, conducen a una característica muy fuerte y también diferenciadora de las guerras actuales: las guerras de eliminación de l@s otr@s. Las guerras de liberalización nacional de los años cincuenta, sesenta e incluso de los setenta eran guerras en las cuales se intentaba derrotar al otro de alguna manera. Por ejemplo, en los movimientos de las guerras de liberalización en Centro América la guerrilla intentaba tomar el Estado y cambiar su dirección política, para luego cambiar la forma de pensar de los ciudadanos/as. Actualmente, las guerras se parecen más a la política del nazismo que a una política de las guerras de liberación, en el sentido de que no se intenta ganar los corazones y las mentes, como decían en Vietnam o en Centro América, sino que se intenta simplemente eliminar a l@s otr@s. Son políticas excluyentes, guerras de exclusión y eliminación, que en los últimos años se han llamado de limpieza étnica, y que generan el fenómeno de los/as llamados/as desplazados/as internos/as.

Además hay otros dos aspectos importantes que mencionar:

En este tipo de conflictos se produce una ruptura entre ciudadanos y Estado. Es decir, sobre los conceptos mismos de Estado como institución aglutinadora de un determinado espacio geográfico, social y político, y la concepción misma del ciudadano, que es un sujeto con derechos y deberes.

La segunda cuestión a resaltar es que hay una ruptura en la idea misma de ciudadano, integrado en algo así como en un sistema económico legal.

Al no encontrar opciones estatales de marco de protección, tanto si se encuentra en un mercado liberal tradicional o en una economía controlada por el Estado, el ciudadano se ve absorbido por las crecientes economías ilegales, el narcotráfico, la explotación y comercio de diamantes, de seres humanos...

Este panorama muestra que la violencia se establece en definitiva como un factor de desintegración o integración de los ciudadanos en los espacios de guerra. De ahí que, en los pocos casos en los que se alcanzan acuerdos de paz, sea dentro de un Estado o entre Estados (como ha pasado entre Etiopía y Eritrea), se precisen condiciones para que haya una construcción real de la paz. En caso contrario, se tratará de acuerdos de paz sin raíces, sin una base estable, firmados para las cámaras de televisión y las Organizaciones Internacionales.

Ante la ausencia de estructuras de Estado, ¿cómo se construye la paz? ¿cómo se enfocan los procesos de reconstrucción post-bélica cuando hay que trabajar con estructuras de Estado casi inexistentes o cuando las existentes son profundamente corruptas?

El ascenso de economías ilegales, no sólo locales, sino también con unas profundas ramificaciones internacionales, plantea un serio desafío para los procesos de reconstrucción.

La falta de conocimiento de lo que es el Estado, la falta de confianza de los ciudadanos en el concepto mismo de Estado, democracia, consenso o pacto, hace que sea muy difícil poder convencer a los sectores de la población de que, para alcanzar sus necesidades humanas básicas, deben pasar por estos procesos de democratización, consenso y pactos. Si los acuerdos de paz no están asentados sobre estos procesos de creación de consenso, construcción de la paz, establecimiento de pactos, probablemente todo se derrumbe como un castillo de arena.

Si bien antes mencioné que las guerras por identidades tienen una base de intereses económicos, lo que ocurre en realidad es que los odios y rencores de identidad subsisten y deben ser desactivados. Un problema crucial, como comenta Raül Romeva, es el de la posesión masiva de armas, un problema local de repercusión internacional, que es a la vez un símbolo de poder y una herramienta de actuación.

En definitiva, estos diversos niveles de construcción de la paz plantean problemas de interacción entre lo local y lo global, porque cuando empieza la reconstrucción de sociedades, éstas entran en contradicción con las grandes tendencias del mercado global. En un sistema que prima la obtención de beneficios lo más inmediatamente posible, creando así una altísima competitividad, los países inmersos en procesos de reconstrucción post-bélica no suelen estar en condiciones de obtener beneficios rápidos y menos todavía de ser competitivos, cuando a veces ni siquiera cuentan con un sistema de carreteras.

 

 

Mariano Aguirre: Director del Centro de Investigación para la Paz, en Madrid. Es investigador del Transnational Institute, Amsterdam. Es periodista, profesor y analista, y publica con regularidad en El País, Le Monde diplomatique, Politica Exterior, Noticias Obreras, Radio Nederlands, BBC y Tres Puntos. Entre sus publicaciones más recientes destacan: Guerras en el sistema mundial (coeditor con Teresa Filesi), Anuario CIP 1999, CIP/Icaria, Barcelona, 1999; y Rebeldes, Dioses y Excluidos. Comprender el fin del milenio (coautor con Ignacio Ramonet), IcariaMás Madera, Barcelona, 1998. Mariano Aguirre está doctorado en Paz y Conflicto por el Trinity College, Dublin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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