Human Rights and Culture of peace
Rehabilitación Post-Bélica
Manual of the War and Development
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GUERRA Y DESARROLLO:
LA RECONSTRUCCIÓN
POST-CONFLICTO

Edita: UNESCO ETXEA
Coordinadores: Dominic Wyatt y Dominique Saillard
Editor: Gonzalo Romero de Loresecha
Colaboradora: Keltse Elorrieta Puyuelo
ISBN: 84-931998-9-3 [2001]
Precio: 10 euros (envío incluído)
Pedidos: r.iniguez@unescoetxea.org

 

DIEZ ARGUMENTOS BÁSICOS SOBRE
REHABILITACIÓN POSBÉLICA

 

por Karlos Pérez Alonso de Armiño

 

En este artículo pretendemos esbozar algunos de los principales rasgos que caracterizan a los procesos de rehabilitación posbélica, que siguen a los actuales conflictos civiles de la post-Guerra Fría. La rehabilitación, o reconstrucción, después de las guerras se ha convertido en un área que viene mereciendo una creciente atención por parte de los académicos especializados en estudios humanitarios o sobre el desarrollo, así como de las ONG y las agencias de Naciones Unidas o de los gobiernos donantes. No en vano, el éxito o no de tales procesos de reconstrucción resulta determinante para la recuperación y desarrollo de muchos pueblos, al tiempo que absorben una buena parte de los fondos destinados a la ayuda internacional. Por todo ello, resulta esencial comprender las posibilidades, retos y limitaciones que presentan.

Ciertamente, cada proceso de rehabilitación es diferente, no existe un modelo único y universal. Cada caso presenta unas características diferentes, con necesidades y retos también diferentes. Muchas veces ni siquiera se pueden materializar en todos sus frentes, y quedan incompletos al faltar las mínimas condiciones de paz y reconciliación. Sin embargo, la documentación y bibliografía generadas a partir de las experiencias vividas durante la última década permiten extraer algunas lecciones generales sobre las condiciones y desafíos más comunes a tales procesos de rehabilitación posbélica. A fin de ofrecer una visión panorámica de los mismos, podríamos sintetizarlos en los doce argumentos que exponemos a continuación.

 

1º.- Definición de la rehabilitación.

La rehabilitación, como concepto general, podríamos definirla como un proceso de reconstrucción y de reforma después de un desastre (sea éste motivado por una catástrofe natural o por un conflicto), que sirve de puente entre las acciones de emergencia a corto plazo y las de desarrollo a largo plazo, con las cuales comparte algunos objetivos al tiempo que pueden solaparse parcialmente en el tiempo. El objetivo de la rehabilitación es sentar las bases que permitan el desarrollo, aprovechando la experiencia y los resultados del trabajo de emergencia previamente realizado (Pérez de Armiño, 2001:469).

 

2º.- La rehabilitación, al ubicarse entre las intervenciones de emergencia y de desarrollo, es un concepto todavía confuso, híbrido y complejo.

Al no encajar con claridad en los estándares ni de las actuaciones de emergencia a corto plazo, ni de las orientadas al desarrollo a medio y largo plazo, aunque al mismo tiempo se solape parcialmente con ellas, las actividades a favor de la rehabilitación ocupan un espacio con límites poco definidos. Esta circunstancia plantea dos problemas.

El primero de ellos es que existe una cierta confusión conceptual, pues la definición de lo que es la rehabilitación no está plenamente consolidada, siendo la que hemos ofrecido antes una entre otras posibles. En efecto, para algunos la rehabilitación se limitaría a los aspectos sociales, culturales e institucionales, a diferencia del concepto de reconstrucción, que aplican al ámbito físico y económico. Otros, por el contrario, adoptamos una definición amplia de rehabilitación, abarcando todas las esferas. Otra posible distinción que algunos formulan entre ambos conceptos es no ya temática, sino cronológica: la rehabilitación sería el ámbito de trabajo inmediatamente posterior a un desastre, mientras que la reconstrucción vendría detrás de aquélla y tendría una mayor duración. Para muchos, no obstante, tal distinción no es pertinente y ambos niveles de actuación compartirían el mismo marco cronológico.

Por otro lado, ciertos autores e instituciones, como la Unión Europea, la han definido como un proceso de vuelta atrás a las condiciones preexistentes antes del desastre. Esta definición tal vez podría servir, y es dudoso, para la rehabilitación posterior a desastres activados por eventos naturales (sequías, terremotos, inundaciones, etc.), pero resulta muy insatisfactoria para las rehabilitación tras conflictos armados, dado que el objetivo en modo alguno debería consistir en recrear las mismas condiciones que dieron lugar al conflicto. Autores como Duffield (1994) subrayan que las actuales emergencias políticas complejas (o graves crisis humanitarias en contextos de guerra civil) son fruto de un fracaso del modelo de desarrollo político y económico (debilitamiento e incluso fragmentación del Estado, hundimiento de la economía formal, aumento de la pobreza, etc.). Por consiguiente, la rehabilitación debe consistir no en una vuelta atrás, que perpetuaría la vulnerabilidad ante nuevas crisis humanitarias, sino en una construcción sobre bases nuevas, como por ejemplo las siguientes: un desarrollo humano que satisfaga las necesidades básicas de todos, una redefinición de las relaciones sociedad-Estado que contemple la participación democrática, así como una reconciliación superadora de tensiones étnicas. Por eso la definíamos antes como un proceso de reconstrucción y también de "reforma". Volveremos a este aspecto más adelante.

Un segundo problema derivado de la confusión conceptual en torno a la rehabilitación y de su carácter híbrido es que la misma sufre un cierto olvido institucional y político. En efecto, Naciones Unidas no dispone de ninguna agencia con un mandato centrado prioritariamente en la rehabilitación y que pueda ejercer un liderazgo claro entre las organizaciones y donantes que actúen en un país salido de la guerra, con lo que la descoordinación y los solapamientos entre sus funciones son habituales. Además, apenas existen líneas financieras orientadas a la rehabilitación, con las consiguientes dificultades para las ONG y agencias implicadas, pues a los financiadores les cuesta reorientar partidas de ayuda de emergencia hacia contextos que ya van superando la crisis, o partidas de cooperación para el desarrollo hacia entornos todavía inestables que ofrecen pocas garantías de sostenibilidad de los proyectos. En este sentido, en la Unión Europea sólo a partir de 1994 se aprobaron por el Parlamento Europeo varias partidas presupuestarias para la financiación de programas de rehabilitación.

 

3º.- Ahora bien, precisamente por ese carácter híbrido, la rehabilitación es un área en la que resultan cruciales los actuales debates sobre la vinculación entre la ayuda de emergencia a corto plazo y la cooperación para el desarrollo a largo plazo.

Estos dos tipos de intervención tradicionalmente se han concebido como claramente diferenciados en cuanto a sus objetivos, plazos, criterios e instrumentos de actuación, organizaciones involucradas, perfil profesional de los cooperantes, etc. Sin embargo, se ha constatado que una división estricta entre ambas no tiene mucho sentido. Por un lado, muchas emergencias en realidad son crónicas, lo que disipa la idea de una ayuda puntual y urgente como respuesta satisfactoria al desastre. Por otro, ha quedado claro que una ayuda humanitaria puntal que se limite meramente a aliviar los síntomas de un desastre deja las puertas abiertas a que éste reaparezca de nuevo en un futuro próximo. E, igualmente, es evidente que muchas políticas catalogadas como de desarrollo (como las construcciones de grandes infraestructuras, los diseños urbanísticos, etc.) tienden a ignorar las necesidades de los sectores sociales más vulnerables, o incluso con frecuencia incrementan su vulnerabilidad ante potenciales desastres.

En definitiva, desde finales de los ochenta se ha suscitado en círculos académicos, instituciones y ONG, un fuerte debate relativo a la vinculación entre las intervenciones de emergencia y las de desarrollo, de forma que se refuercen mutuamente: las de emergencia deberían no sólo salvar vidas sino también sentar bases para el desarrollo posterior; y las de desarrollo deberían priorizar a los grupos más desfavorecidos, reduciendo su vulnerabilidad a los desastres e incrementando sus propias capacidades.

Pues bien, en este esquema, la rehabilitación se ve como un elemento de conexión entre las intervenciones de emergencia y las de desarrollo (Brigaldino, 1995). Pero, ¿cómo realizar tal conexión? A este respecto, el citado debate sobre la vinculación emergencia-desarrollo, conforme ha evolucionado con el tiempo, ha formulado dos propuestas diferentes. En un primer momento el debate se centró en la idea del continuum humanitario, según la cual existen tres fases de actuación (emergencia, rehabilitación y desarrollo), cada una de las cuales sucede en el tiempo a la otra. El objetivo consistiría en realizar una transición paulatina y coordinada de una fase a otra, evitando que el cambio de los objetivos o de los actores involucrados (por ejemplo, ONG centradas bien en la ayuda de emergencia o bien la cooperación al desarrollo) provocara desajustes. Pero, hacia mediados de los años noventa surgió una nueva versión del debate, con una propuesta que algunos han denominado el contiguum humanitario. Esta visión rechaza la concepción de las tres formas de ayuda (de emergencia, rehabilitación y desarrollo) como etapas cronológicas consecutivas, esto es, como compartimentos estancos que se suceden uno detrás del otro. Por el contrario, las concibe como tres ámbitos de actuación diferentes, orientados a distintos objetivos (de corto, medio y largo plazo respectivamente), pero que no son excluyentes entre sí, sino que pueden combinarse entre sí al mismo tiempo.

En este sentido, la rehabilitación es un área de intervención que se solapa con las otras dos, y que debe incluir desde un enfoque integrador objetivos de ambas. En efecto, al igual que la ayuda de emergencia debe satisfacer unas necesidades básicas inmediatas (reintegración sociolaboral de los/las refugiados/as retornados/as; extensión del acceso al alimento, el agua o la sanidad, etc.); y, al igual que la cooperación para el desarrollo, debe contribuir a generar recursos económicos, mejorar las infraestructuras, crear capacidades locales, reforzar el tejido social, etc. En definitiva, debe contribuir a reducir la vulnerabilidad e incrementar las capacidades de la población, en particular de los sectores pobres y excluidos.

 

4º.- Es necesario distinguir claramente entre la rehabilitación posbélica y la rehabilitación que sigue a las catástrofes naturales. Ambas son muy diferentes, siendo la posbélica mucho más compleja, multisectorial y prolongada.

En efecto, el impacto de las catástrofes naturales suele centrarse en el ámbito económico y material, como por ejemplo la pérdida de cosechas, y la destrucción de infraestructuras y comunicaciones. Pero, por el contrario, no suelen generar diferentes procesos de grave desestructuración que sí suelen ser desencadenados por las guerras, tales como la deslegitimación e incluso quiebra del Estado, la fractura de las comunidades y la erosión del tejido social.

En efecto, los conflictos civiles actuales tienen un impacto mucho más grave que las catástrofes naturales. En primer lugar, son generalmente más largos. Así, mientras por ejemplo una sequía puede durar dos o tres años, muchos conflictos armados permanecen enquistados durante décadas. En segundo lugar, las guerras acarrean perjuicios más profundos y más duraderos, ya que golpean con fuerza en casi todos los frentes de la esfera comunitaria, familiar y personal. En efecto, los conflictos armados:

  1. Son más destructivos en el plano económico, paralizando la producción agrícola e industrial así como el comercio, destruyendo las infraestructuras y bienes materiales, erosionando la seguridad alimentaria, etc.

  2. Provocan un fuerte debilitamiento e incluso quiebra de las instituciones, fenómeno que no suele acompañar a las catástrofes naturales, y que se manifiesta en el cuestionamiento e incluso en la descomposición del Estado, el desmoronamiento de la ley y el orden, y el incremento de la violencia capitaneada por señores de la guerra (Somalia durante los años noventa es uno de los mejores ejemplos de estos fenómenos).

  3. La violencia origina un auténtico colapso social, exacerbando las divisiones entre los grupos étnicos, fragmentando las comunidades, alterando las pautas de convivencia, y obstaculizando muchas de las denominadas estrategias de afrontamiento (coping strategies) seguidas por las familias para subsistir a la crisis.

  4. La guerra deja también un hondo impacto moral, pues altera la escala de valores éticos, erosiona las pautas habituales que regulan la convivencia social, e incluso hace que la vida humana pierda valor. Igualmente, conlleva un fuerte impacto sicológico, provocando perturbaciones como las englobadas en el llamado estrés post-traumático, así como sentimientos como el de desconfianza ante el futuro y de desesperanza.

En definitiva, los conflictos son el tipo de desastre con un impacto más profundo y amplio, por cuanto afecta a todos los órdenes de la vida. Por consiguiente, la rehabilitación posbélica, en comparación a la rehabilitación posterior a una catástrofe natural, exige afrontar una gama de necesidades mucho más amplia. Si la rehabilitación tras desastres naturales se centra en la lucha contra la pobreza, la recuperación de las fuentes de ingresos y la reconstrucción de infraestructuras, después de una guerra la rehabilitación tiene que afrontar otras necesidades además de las materiales, como son la pacificación, el retorno y reintegración de las/los refugiadas/os y desplazadas/os, la reconstrucción de las instituciones y de la sociedad civil, así como la reconciliación comunitaria y la superación de la cultura de la violencia.

 

5º.- La rehabilitación posbélica, además de tener un carácter netamente multisectorial, se realiza en contextos muy volátiles, de modo que resulta necesario que se lleve a cabo mediante avances progresivos en todos los frentes simultáneamente.

Los procesos de rehabilitación posbélica se llevan a cabo en contextos muy inestables en todos los aspectos: suelen proliferar las armas cortas y los conatos de violencia, el Estado frecuentemente sigue estando contestado y cuenta con una escasa legitimidad en parte de la población, normalmente persisten las tensiones y los agravios que contribuyeron al conflicto, al tiempo que la inestabilidad social tiende a ser alta como consecuencia de la miseria y la falta de empleo.

En definitiva, un proceso de rehabilitación de posguerra suele estar lleno de amenazas a la seguridad, de riesgos de que se vuelva atrás y rebrote el conflicto. Además, esta situación de inestabilidad se acrecienta por el hecho de que muchas veces los países en rehabilitación sufren una complicada transformación múltiple que modifica todas sus estructuras: el paso de la guerra a la paz suele verse acompañado con frecuencia de una transición desde el monopartidismo al pluripartidismo y, en muchos casos (como el de Mozambique a mediados de los noventa), también desde la economía centralizada hacia la de libre mercado.

En conclusión, hay que subrayar la necesidad no sólo de llevar a cabo intervenciones en múltiples frentes (pacificación, generación de empleo y lucha contra la pobreza, democratización, etc.), sino también de que tales actuaciones se conciban como estrechamente interrelacionadas entre sí y se lleven a cabo de forma simultánea. Es imposible que un ámbito de intervención coseche éxitos si no viene acompañado por avances también en otras áreas. Por ejemplo, la inseguridad y la violencia sólo disminuirán si la economía crece y se genera empleo; y viceversa, la actividad económica difícilmente se expandirá si no mejoran las condiciones de seguridad.

 

6º.- El establecimiento de unas mínimas condiciones de seguridad y pacificación constituye un requisito previo para poner en marcha el proceso de rehabilitación y poder llevar a cabo otras iniciativas para la reconstrucción social o económica.

Ahora bien, el tipo de paz será muy diferente en cada caso, dependiendo de si la guerra ha sido entre Estados o interna, y de si ha concluido con la victoria de una de las partes (Ruanda), o si ha finalizado mediante un proceso de negociación (Mozambique). Evidentemente, la pacificación y la reconciliación, así como el proceso de rehabilitación en toda su extensión, sólo pueden hacerse efectivos en este último caso, cuando los contendientes acuerdan la superación de las hostilidades mediante un acuerdo de paz.

Para poner en marcha el proceso de pacificación y rehabilitación, dados los recelos entre las partes, suele resultar imprescindible un impulso al mismo dado desde el exterior por diferentes actores internacionales. En primer lugar, puede proporcionarse a través de tareas de mediación para impulsar las negociaciones de paz, frecuentemente desde Naciones Unidas o desde terceros gobiernos, pero a veces incluso desde organizaciones sociales como la Comunidad San Egidio, que promovió el acuerdo de paz en Mozambique de 1992. En segundo lugar, el impulso externo puede darse mediante la presencia de una misión internacional que garantice y supervise el cumplimiento de los acuerdos de paz (en particular, aspectos sensibles como la desmovilización y el desarme de los combatientes, y la apertura de las vías de comunicación en condiciones de seguridad), y que ayude a poner en marcha la ayuda exterior a los esfuerzos de rehabilitación (programas de desminado, apoyo al retorno y reintegración de refugiados/as, reconstrucción de infraestructuras, etc.).

 

7º.- Junto a la mejora de la seguridad, es necesario también iniciar una rehabilitación político-institucional orientada a relegitimar al Estado.

Dado que el conflicto habrá erosionado la autoridad y legitimidad del Estado entre la población, será necesario acometer transformaciones políticas que le doten al mismo de una amplia base de apoyo social. Aunque probablemente esto sólo sea viable si la paz llega mediante un acuerdo y no con la victoria de una de las partes, el objetivo sería erigir un nuevo sistema político que integre a los sectores antes en lucha, que cuente con una amplia legitimidad popular y que disponga de la capacidad operativa y del respaldo internacional suficientes para liderar el proceso de rehabilitación del país. Un requisito para ello suele ser el dar pasos hacia un sistema pluralista basado en el llamado buen gobierno (aunque es una expresión susceptible de diversas interpretaciones), lo que implica el respeto a la legalidad, la transparencia en la gestión pública, la lucha contra la corrupción, la no discriminación de cualquier sector étnico o regional, etc. Para todo ello, la celebración de unas elecciones pluripartidistas suele ser el punto de partida más adecuado.

 

8º.- La reconstrucción material y económica es imprescindible para que fructifiquen también la pacificicación y la reconciliación, pero exige un difícil equilibrio entre la satisfacción de objetivos a corto y largo plazo.

La reactivación de la economía y la generación de empleo son imprescindibles para que la pobreza disminuya y la población pueda satisfacer sus necesidades imprescindibles. También son metas clave para aliviar las grandes tensiones sociales derivadas del conflicto, así como para hacer posible la reintegración socioeconómica de los/las refugiados/as y desplazados/as internos/as que vuelvan a sus lugares de origen, y para hacer efectiva la desmovilización y reintegración de los antiguos soldados, quienes en caso de no encontrar otros medios de vida tenderán a preservar sus armas y recurrir a la delincuencia como medio de sustento.

En este sentido, una de las prioridades básicas suele ser la reconstrucción de las comunicaciones que vertebran el país. En efecto, la reconstrucción de carreteras y puentes no sólo permite generar empleo masivo, sino también reestablecer los lazos comerciales entre el campo y la ciudad, algo imprescindible para que las manufacturas urbanas lleguen a los campesinos y que, consiguientemente, éstos tengan un estímulo para producir excedentes que exportar a las ciudades. Además, es importante tener en cuenta que en los países pobres es la agricultura familiar a pequeña escala el sector económico que más cantidad de empleo puede generar, por lo que encierra un mayor potencial para articular un modelo de desarrollo mínimamente equitativo que reparta sus beneficios entre todos y todas. Por supuesto, la recuperación de la agricultura es también imprescindible para incrementar la producción de alimentos y mejorar la seguridad alimentaria.

Ahora bien, la reconstrucción en materia económica se ve sometida a una difícil tensión entre, por un lado, el objetivo de satisfacer de forma rápida unas enormes necesidades relativas a la subsistencia (lucha contra la pobreza, reintegración socioeconómica de refugiados/as y desplazados/as retornados/as, generación de empleo, provisión de servicios básicos, etc.) y, por otro, el objetivo de formular unas políticas de desarrollo viables a largo plazo mediante reformas estructurales en la economía.

En efecto, los contextos de guerra suelen provocar diferentes distorsiones en la economía (alto déficit fiscal, mercados paralelos, alta inflación, alto porcentaje de gastos militares) que es necesario corregir mediante programas de ajuste estructural. De hecho, las organizaciones financieras internacionales, en concreto el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, suelen exigir a los países en proceso de rehabilitación, como condición para poder recibir ayuda internacional, que acometan programas de ajuste estructural en sus economías. Tales exigencias internacionales dan pie a dos comentarios.

En primer lugar, hay que señalar que en el actual contexto internacional tales programas de ajuste macroeconómico tienen una orientación de corte neoliberal, esto es, implican la instauración de economías de libre mercado, dejando a los Estados una muy débil capacidad de intervenir en la economía y de luchar contra la pobreza (por ejemplo, incapacitándoles para subsidiar los alimentos básicos o para intervenir en la comercialización de los cereales). Por eso, en los países que tuvieron una orientación socialista, la rehabilitación posbélica cabe ser definida, además, como un proceso de instauración de la economía capitalista, bajo pautas frecuentemente ultraliberales, que se traducen en un aumento de las desigualdades sociales.

En segundo lugar, tal y como han criticado diferentes autores y organizaciones, el ritmo y los objetivos de tales reformas resultan con frecuencia demasiado estrictos para países sometidos a grandes penurias. En efecto, los programas de ajuste se centran excesivamente en objetivos macroeconómicos, como es el control de la inflación, a fin de sanear la economía a largo plazo; pero esto suele implicar una reducción de la capacidad del gobierno para poder intervenir en la economía y llevar a cabo programas con los que luchar contra la pobreza o dar respuesta urgente a las ingentes necesidades básicas de gran parte de la población. Así, por ejemplo, como señala Hanlon (1996) para el caso de Mozambique, tales exigencias internacionales han sido exitosas en cuanto han inducido un fuerte descenso de la inflación. Sin embargo, para tal objetivo, a mediados de los noventa se llegó incluso a frenar el volumen de inversiones exteriores y de ayuda internacional (por cuanto al incrementar el dinero existente en el país hubiera estimulado la inflación), mermando así los recursos del gobierno para luchar contra la pobreza y garantizar los servicios básicos, lo cual en sí mismo ha supuesto un peligro para el proceso de paz y de reconstrucción.

En definitiva, existe el riesgo de que el resultado de un proceso de rehabilitación sea una economía liberalizada, abierta a la economía mundial para beneficio de las multinacionales que puedan tener intereses en el país en cuestión, y con crecimiento macroeconómico; pero que, sin embargo, se trate de un desarrollo muy desigual que deje en la cuneta a amplios sectores sociales vulnerables (como los/las pequeños/as campesinos/as, los/las pobres urbanos/as y las mujeres en general, sobre todo las cabeza de familia).

 

9.- La rehabilitación de los servicios sociales no sólo permite mejorar el bienestar de la población y satisfacer sus necesidades más básicas (salud, agua, educación), sino que tiene también un valor simbólico importante para apoyar el conjunto del proceso.

Se ha constatado que la apertura de las escuelas y de los puestos de salud, paralizados o destruidos durante el conflicto, tiene un efecto sicológico positivo en la población, pues, al percibirla como prueba palpable de la mejora de la situación, estimula su confianza en el proceso de paz.

Hay que añadir que el campo de los servicios sociales es precisamente aquél que cuenta con una mayor presencia de las ONG. En los contextos de rehabilitación, un objetivo que debe perseguirse consiste en reformular las relaciones de tales ONG con las instituciones nacionales. En efecto, durante la situación de emergencia anterior, las ONG internacionales probablemente gestionaron de forma autónoma muchos servicios (puestos de salud, escuelas, proyectos de ayuda alimentaria), sin rendir cuentas a las autoridades locales o nacionales, las cuales tal vez se vieran desbordadas e incapaces de ejercer funciones de coordinación y control. Ahora bien, una vez pasada la crisis humanitaria, las intervenciones de rehabilitación deben reorientarse de la asistencia directa hacia, sobre todo, el refuerzo de las capacidades locales (formación del personal, capacidad de planificación y gestión, etc.), asumiendo que le corresponde al gobierno el diseño de tal estrategia y la coordinación del sistema de salud, educativo u otro. Este cambio de enfoque sin duda resulta difícil, pues exige modificar pautas de conducta y esquemas de trabajo, sin embargo, resulta indispensable si se aspira a reducir la dependencia del exterior e ir sentando unas bases para un desarrollo local sostenible.

 

10.- La rehabilitación social de las comunidades y sicológica de las personas, aunque menos tangible, es un área a la que se viene prestando creciente atención por la certidumbre de que es también esencial para asentar la paz, la reconciliación y el desarrollo.

Como hemos visto, los conflictos civiles actuales tienen un impacto profundamente destructivo sobre la comunidad y sus pautas de convivencia. Es por tanto necesario apoyar la reconstrucción del tejido cívico, las redes de solidaridad y los valores sociales comunes como medio para construir una nueva sociedad más cohesionada y reconciliada. El apoyo a determinadas organizaciones sociales de grupos vulnerables (mujeres, pequeños/as campesinos/as, discapacitados/as) es además un medio para ayudarles a defender sus derechos y promover su empoderamiento, esto es, incrementar su peso sociopolítico.

También es necesaria una cierta rehabilitación sicológica. No se trata sólo, aunque pueda ser lo más llamativo y grave, de superar los traumas individuales o colectivos creados por la vivencia de experiencias traumáticas, como es el caso por ejemplo de las 30.000 mujeres bosniomusulmanas violadas como arma de guerra, o de los niños soldado obligados a matar o mutilar a sus padres como rito de iniciación. Se trata también de ayudar a la población a superar los sentimientos y percepciones negativos que suele generar el conflicto y que acrecientan su vulnerabilidad y reduce su capacidad de iniciativa: miedo, resignación, desconfianza, vivir al día sin perspectiva de futuro, etc. Es necesario infundir en las personas confianza y esperanza (a lo que puede contribuir la apertura de las escuelas, o la reconstrucción de edificios emblemáticos), así como una perspectiva de futuro (necesaria para estimular su capacidad de planificación, de ahorro, etc.) a fin de que tengan mayores posibilidades de ser actores y beneficiarios del proceso de reconstrucción.

 

11.- La rehabilitación posbélica no debería verse como un proceso de vuelta al status quo anterior al conflicto, sino como una oportunidad para realizar cambios estructurales.

Como decíamos al comienzo, algunos/as definen la rehabilitación como una mera reconstrucción de lo que existía antes del conflicto. Ahora bien, tal retorno con frecuencia no es posible, a causa de los cambios socioeconómicos experimentados durante la crisis; ni tampoco deseable, por cuanto implicaría restablecer los factores estructurales generadores de vulnerabilidad así como las tensiones que propiciaron el conflicto. Pero, además, cabe añadir que un proceso de rehabilitación con frecuencia proporciona una oportunidad y un ambiente político ideales para acometer reformas políticas y económicas que faciliten un desarrollo sostenible y más equitativo, por ejemplo: reformas en la propiedad de la tierra (aprovechando el retorno de los/las refugiados/as); reformas institucionales democratizadoras; reducción del peso de los militares (aprovechando el proceso de desarme y desmovilización), o mejora de los derechos socioeconómicos de las mujeres. En cuanto a éstas últimas, hay que tener presente que durante los conflictos suelen ser uno de los colectivos más afectados y que suelen ver mermados sus derechos (salvo excepciones, como los de Eritrea o la República Árabe Saharaui); y que en los procesos de rehabilitación sus intereses y perspectivas suelen quedar en el olvido. Por ello, el uso de un enfoque de género en los procesos de rehabilitación requiere una especial atención.

En definitiva, muchas veces en la rehabilitación no se trata tanto de reconstruir, como de construir sobre bases nuevas.

12.- La rehabilitación debe concebirse como un proceso esencialmente indígena, local, de forma que la cooperación internacional asuma un papel sobre todo de apoyo.

Las ONG y las agencias de ayuda a veces asumen tareas que corresponderían en principio a las instituciones locales (distribución de ayuda, prestación de servicios sanitarios, etc.). Esta suplantación de los cauces locales, aunque tal vez necesaria en una situación de emergencia, no puede ser el criterio en la rehabilitación. Aquí se trata de contribuir a reforzar las capacidades locales, tanto de la población, como de la administración en sus diferentes niveles.

Por ello, sería necesario que los proyectos de las ONG se imbriquen en los planes y objetivos nacionales existentes para cada sector, en estrecha coordinación con las autoridades locales nacionales. La ayuda debe orientarse a reforzar las capacidades de las contrapartes locales, sean instituciones públicas u ONG del lugar, para lo que en los proyectos se debería incluir un componente de apoyo a la formación (identificación, ejecución, seguimiento y evaluación de proyectos: gestión y contabilidad, etc.).

Otro requisito sería que los proyectos se programen con una duración prolongada, o mejor aún, dentro de un proceso de apoyo duradero a la zona o grupo en cuestión, durante el cual se encadenen diferentes proyectos, a fin de garantizar que los frutos de la ayuda se consoliden y sean sostenibles. Esto implica ir contra corriente de la tendencia habitual en el sistema internacional de ayuda, por el cual los países receptores de la misma pierden interés conforme pasa el tiempo después del desastre. Mantener la ayuda a la rehabilitación de forma sostenible en el tiempo, frente a la tentación del olvido, es un reto esencial para que realmente sirva para sentar las bases del desarrollo.

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Karlos Perez Alonso de Armiño: Profesor de Relaciones Internacionales en la UPV-EHU. Investigador asociado a HEGOA, Instituto de Estudios sobre Desarrollo y Cooperación Internacional (UPV-EHU). Es Doctor en Ciencias Políticas y Licenciado en Geografía e Historia. Ha realizado varias investigaciones sobre la rehabilitación posbélica (con trabajo de campo en Mozambique, en 1996), seguridad y ayuda alimentaria (hambrunas en África) y ayuda humanitaria. Entre sus publicaciones figuran los siguientes libros: Guía de rehabilitación posbélica. El proceso de Mozambique y la contribución de las ONG, HEGOA, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1997; y Diccionario de acción humanitaria y cooperación al desarrollo, HEGOA e Icaria, Barcelona, 2001.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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